lun. Jul 13th, 2020

Dejando de lado Spotify

La aplicación de música en streaming, Spotify, es un viejo conocido de la cultura mainstream de Internet desde hace unos años. Yo le llamo espoti, recuerdo las innovaciones que introdujo, desde poder clasificar tus gustos musicales, canciones, en carpetas o listas de reproducción, seguir a tus bandas favoritas, hasta poder sincronizar todos esos datos en diferentes dispositivos multiplataforma. Chapeau Rigaudeau. Le doy todo el crédito a espoti que merece. No en vano, la aplicación se ha ido mejorando con los años: «mejorar la experiencia de usuario», dicen los expertos; se suele traducir en «eh, tío esta mierda se traba desde la última actualización», aunque tal circunstancia no es exclusiva de esta aplicación. Eventualmente supone la necesidad reponer el smartphone, actualizar la versión de sistema operativo, ampliar el consumo en el paquete de megas de la compañia de teléfono, etc. En fin, que te enganchas al software de música y acabas palmando plata.

Pero esto no es lo menos atractivo de «la experiencia». Lo cierto es que, obviando que estamos utilizando una plataforma «gratuita» [que no es tal, porque concedes a cambio tus datos (…tu alma y tu virginidad)]*, lo peor sucede en ese momento después de una agotadora jornada de trabajo, en la soledad de tu habitación, escuchando todo un clásico de Judas Priest, no sé, un «Turbolover» quizá, y de repente, mientras estás corriéndote de gusto, sale un monstruoso anuncio de la última mierda de Alejandro Sanz, de Eros Ramazzotti o John Secada (desconozco si este último sigue vivo), Pero por el amor de Dios, semejante gatillazo, no me digan que a ustedes no les ha acontecido tal desafortunado evento, tengo la certeza que se trata de una venganza por no apoquinar, a prioiri, la mensualidad al señor espoti. No he hallado otra explicación. Es peor tortura que pasarte un ver-ano en Guantánamo escuchando los siniestros remixes de Javián o Juan Camus de Operación Triunfo. Está claro que somos una minoría, y todos sabemos que en esta sociedad hay minorías más minorías que otras, así que, estremecidos, vemos como nos mandan al cajón de los sueños rotos de los indefendibles, en el compartimento nos agrupan con los zurdos, con los que escuchan cassettes y con esos tipos que van por la playa con el detector de metales. El año pasado vi uno, «entodavía».

No conozco la razón por la cuál un perfil, mi perfil, que atesora escuchas del género metal en el 100% de los casos durante años tiene que sufrir las interrupciones de música comercial. Por lo que conozco, el modelo de ingreso se basa en suscripción y anuncios, entonces, ¿Dónde queda la inteligencia de datos? ¿Por qué no introducen publicidad nicho? ¿Todos escuchamos los mismos comerciales? He pensado que ellos le dan una vuelta a este asunto, para que el algoritmo reaccione y diga: «je, a este listillo le voy a molestar hasta que pague, que le explote la cabeza». Pues no me da la gana señor algoritmo, dígale a su jefe el señor espoti que no pienso pagar, pienso apagar. Y así fue así la historia por la cual dejé de escuchar a espoti.

Usen TELEGRAM, pero eso, es otra historia.

*Me he tomado la licencia de utilizar de forma inapropiada y consciente los corchetes.

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